viernes, 31 de agosto de 2012

no me he ido, simplemente me he alejado

de nuevo, aquí estamos, al verano le corresponde  otros quehaceres, es mi etapa rural.

 Alejada de Barcelona, de su calor y su humedad, me voy al pueblo; me reencuentro con mi familia de León, mi madre, mi hermano, mis sobrinas.

Y me reencuentro con la tierra, plantar, recuperar, aspirar perfumes diferentes y sobre todo oír el silencio, roto a duras penas por el ulular, no del viento sino de algún búho que despierta cuando aparece la noche, ese silencio que me impide dormir las primeras noches, acostumbrada al nivel acústico de la ciudad, mi cuerpo lo echa de menos.

Las plantas y las flores suelen ser generosas conmigo, la verdad es que las dedico prácticamente todo el día, las saludo cuando me levanto, las toco, las riego, las pongo bonitas cuando se salpican de otras plantas que aprovechan para invadirles su terreno.

Cuando me levanto por la mañana, a las siete mas o menos, la pradera te regala sus lágrimas de rocío, el cerezo se sacude lentamente y cimbrea sus hojas  y la lavanda te invita a libar como si fueras una abeja, suelo cortar un ramito para llenar  la casa su perfume.
A los 15 días ya comimos lechugas, después aparecieron los calabacines, las judías verdes, algún pimiento y junto con lo que mis vecinos del pueblo: el Juan, el Luis, el pastor, que comparten conmigo su cosecha, patatas, mas calabacines, cebollas... recupero sabores y olores olvidados.

He recorrido caminos del recuerdo de mi madre, interesada en recuperar para mis hijos y sobrinas sus andanzas por la vida.

He cosido bolsas de pan, agarradores, collares, cojines.

He leído, también le he leído a mi madre, y he jugado a cartas, todas las tardes, a las 7 la brisca era nuestra tarea, he perdido claro está; la Nieves es mucha Nieves.